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Reflexiones ateas de Semana Santa
por Dr.Escroto
No entiendo como el ser humano se ha dejado engañar durante tanto tiempo con el cuento de Dios. Digámoslo claro, de una maldita vez: DIOS NO EXISTE. Cualquiera con dos dedos de frente lo sabe.
Yo fui bautizado (contra mi voluntad, o mi no-voluntad, pues por entonces era poco más que una alcachofa llorona). Más tarde, ya voluntariamente y conscientemente, hice la comunión. Principalmente por los regalos, pero por entonces aún incluso me creía el cuento de Dios (aunque por entonces, lógicamente, ya no creía en los Reyes Magos, el Ratoncito Pérez, ni los gamusinos, entes mitológicos que pongo a la misma altura fantasiosa que Dios). Después de la comunión, fuí a misa unos cuantos domingos, muy espaciados, de vez en cuando. Aquello era un coñazo supino, y comencé a pisar la iglesia solo cuando tocaba asistir a obligados compromisos familiares de bodas, bautizos y comuniones. A los pocos meses de hacer la comunión, mi cerebro pre-adolescente, comenzó a cuestionar el mundo.
Ya no era un analfabeto inculto y manipulable, ya tenía cierto espíritu crítico, del que carecía cuando me bautizaron e hice la comunión, y, con un poco de lógica, me di cuenta de que la idea de Dios era una simple y llana tomadura de pelo. Llegué a la conclusión de que Dios no existe. Nadie me influyó en dicha decisión, en mi familia hay gente que cree y otra que no, entre mis amistades también. No sería hasta más tarde, ya una vez convencido, por simple lógica y racionalidad, que el concepto de Dios es un invento de ficción creado por el hombre, cuando leí a autores ateos como Nietzsche (“Así habló Zaratustra”, “El anticristo”, “El crepúsculo de los ídolos”, “Cómo se filosofa a martillazos”) o Bertrand Russell (“Por qué no soy cristiano”), que me reafirmaron y me dieron más razones del camelo de Dios, pero la iluminación (o más bien, desiluminación) primigenia fue tomada de manera puramente personal y mediante el librepensamiento.
¿Qué razones me llevan a afirmar tan tajantemente que Dios no existe? Son las siguientes:
1-NADIE HA PROBADO SU EXISTENCIA:
Científicamente todavía nadie, en toda la historia humana, ha probado la existencia de Dios. Por tanto, Dios no existe, es un concepto inventado por el hombre, un ser mitológico, igual que el centauro, el unicornio o Superman.
Me hace gracia aquellos que dicen “tampoco se ha probado la no-existencia de Dios”. ¿Ésta gente es subnormal o se la hace? Vamos a ver, si la existencia de algo se pone en cuestión, tendrán que ser los que afirman que ese algo existe los que demuestren la existencia de ese algo, no los que la desmienten. Si hay personas que afirman que existe el monstruo del Lago Ness o el Bigfoot, tendrán que traer fotos, vídeos donde se les vea, o cazar al puto monstruo del lago Ness o al Bigfoot y que la humanidad entera vea que esos bichos existen de manera empírica.
La cosa es probar la existencia, pues la no-existencia está probada per sé. Si yo ahora cojo y digo, por ejemplo, que existe el jirafonaútico, tendré que demostrar al mundo qué es un jirafonáutico, cómo es, dónde se puede ver, dónde se puede tocar, oír, dónde se puede comprobar de manera científica y empírica su existencia. Si no, cualquier loco se puede inventar mil Dioses, animales o personas, y decir al mundo “yo no tengo por qué probar la existencia de esto, vosotros soís los que tenéis que probar que estas cosas no existen. Si no lo conseguís, es que existen.” ¿A que es un argumento ridículo y totalmente subnormal? Es imposible probar la no-existencia de algo que no existe. La cosa es probar que SÍ existe.
Todo lo que existe, todo lo real, se puede probar su existencia de manera científica. Incluso las cosas que no se ven. El viento no se ve, las ondas de sonido no se ven, las ondas de los teléfonos móviles y del wifi no se ven, y se puede probar su existencia empíricamente y científicamente. ¿Por qué a estas alturas nadie ha podido demostrar empíricamente la existencia de Dios? Muy sencillo: PORQUE DIOS NO EXISTE.
2-LA BIBLIA ES UN LIBRO DE FICCIÓN:
La Biblia es tan realista como El señor de los anillos. Las diferentes historias de la Biblia no son un tratado de Historia, son cuentos. Quizás el mayor y mejor libro de cuentos jamás escrito, pero son cuentos, igual que Caperucita roja, Los tres cerditos y Blancanieves. Son cuentos cojonudos, tienen metáforas, moralejas y enseñanzas cojonudas (igual que los de los Hermanos Grimm, igual que las películas de Disney), son historias que llegan a mucha gente, pero es ficción. Sus historias solo existen en la imaginación del autor/autores.
Algunos cuentos de la Biblia pueden suceder en lugares reales, en fechas históricas y con personajes históricos que sí existieron, pero ese elemento realista está mezclado con ficción. ¿Un tío que resucita, que transforma el agua en vino? ¿Otro que construye un arca donde caben una pareja de ejemplares de todas las especies animales del mundo y sobrevive a un diluvio universal? ¿Otro tío que abre las aguas de un mar entero con un gesto de su vara? ¿EN SERIO ALGUIEN CON DOS DEDOS DE FRENTE SE CREE ESTO? Si es así, ¿por qué no creen también en el Ratoncito Pérez o Papá Noel?
¿Se creen todo eso, así, sin más, sin racionalizarlo, simplemente porque son cosas escritas en La Biblia?
¿Por qué ese libro tiene más veracidad que El señor de los anillos? A fin de cuentas, los dos son libros escritos por la mano del hombre, no por la de ningún Dios. ¿Qué hace sagrado el libro de la Biblia? ¿Por qué los cuentos de La Biblia son verdad y el cuento de Caperucita o Los Tres Cerditos no lo son?
Os lo diré: POR IMPOSICIÓN MEDIANTE LA REPETICIÓN Y LA FUERZA BRUTA. Una mentira repetida mil veces se convierte en verdad, y la mentira de que Dios existe y que los cuentos de la Biblia son verdad, es la mentira más repetida de la historia de la humanidad.
Si fanáticos del Señor de los anillos comenzasen desde hoy a repetir en todos los medios que lo que se narra en esos libros es verdad, y que sus personajes existieron; al principio, salvo cuatro perturbados que quizás si lo creerían realmente, todo el mundo nos reiríamos de ellos. Si organizasen una guerra y obligaran a toda la población a decir que El señor de los anillos es verdad, o si no serían ejecutados, ya no nos reiríamos tanto, y todos los que quisiéramos seguir vivos, diríamos que El señor de los anillos es una historia verdadera, aunque no lo creyéramos realmente. Si esos mismos fanáticos obligasen todos los días a reunirse en comunidad leyendo El señor de los anillos y hablando de El señor de los anillos, tampoco seguiríamos sin creernos que esas historias son verdad, pero tendríamos esas historias muy presentes en nuestras vidas. Tendríamos un montón de dichos referidos a sus personajes e historias. Incluso recurriríamos a sus personajes, metáforas, moralejas y acciones de sus historias para justificar acciones en nuestra vida cotidiana. Las generaciones venideras, crecerían en un mundo donde El señor de los anillos es el centro, y donde todo el mundo se guía mediante sus historias y personajes. Si el fanatismo impuesto siguiese igual durante las suficientes generaciones, llegaría un punto en que todos los que sabían que El señor de los anillos es una falacia estarían muertos (bien por edad, o bien por ley de asesinar a los que contradigan al libro sagrado), no habría ningún pensamiento crítico, nadie que dijera la verdad, y la mentira impuesta durante siglos podría llegar a hacer que nuevas generaciones futuras, al no tener referencias de otra cosa, creerían a pies juntillas que El señor de los anillos es una historia verdadera.
Ahora cambiar El señor de los anillos por Biblia, y tenéis resumida la historia del cristianismo.
3-MI DIOS ES MEJOR QUE EL TUYO:
¿Por qué no hay un único Dios? ¿Por qué hay diferentes Dioses a lo largo de la historia de la humanidad y cada cultura tiene el suyo (o los suyos)? ¿Por qué Dios, Alá, Buda, Jesucristo, Mahoma, Zeus, Marte…son dioses de diferente representación? ¿Por qué cada Dios tiene un libro sagrado diferente? ¿Quién tiene razón y su Dios es el verdadero?
NINGUNO:
TODOS LOS DIOSES HAN SIDO INVENTADOS POR EL HOMBRE.
En la prehistoria, los hombres no sabían, al no tener una cultura y una ciencia desarrollada, por qué las cosas eran como eran. No sabían por qué salía el sol por la mañana y se ponía por la noche, no sabían por qué de repente llovía, nevaba, no sabían por qué unos animales volaban y otros podían respirar debajo del agua, no sabían por qué enfermaban, no sabían por qué se provocaban los nacimientos, no sabían qué pasaba cuando alguien moría…eran tantas las preguntas, y tan pocas las respuestas, que se inventaron una justificación para todo: DIOS LO HIZO.
De esa manera, se simplificaba todo: ¿Por qué llueve? Dios hace que llueva. ¿Por qué existe el mundo? Dios lo creó. ¿Por qué fulanito se ha puesto enfermo y ha muerto? Voluntad de Dios.
En la actualidad, sabemos científicamente por qué suceden todas esas cosas y de dónde salen, pero antiguamente, la respuesta a todo era: Voluntad de Dios. Y se quedaban tan anchos. Repitiendo ese mantra, cualquier duda era resuelta.
Esta necesidad de respuestas la han tenido todas las civilizaciones a lo largo de la historia, y cada civilización se ha inventado su propio Dios o Dioses, para tener una justificación ante lo que desconocían.
Hoy en día, con la ciencia, esas respuestas están aseguradas sin necesidad de responderlas con seres mitológicos.
La religión siempre ha estado contra la ciencia, porque los cuentistas profesionales que pregonan las religiones sabían que, si la población sabía la verdad (demostrada científicamente y empíricamente), se les acababa el chollo.
A las estadísticas me remito: ¿Cuándo ha habido más creyentes, en oscuras épocas pasadas donde la población era ignorante, analfabeta y sin espíritu crítico, o en la actualidad, donde toda la población ha estudiado y cualquiera puede conocer el origen y funcionamiento de cualquier cosa simplemente con una búsqueda en internet?
¿Dónde hay más creyentes: en países pobres, llenos de incultura, analfabetismo y superstición; o en países prósperos, cultos y ricos?
Hay una relación directa entre incultura-religión y cultura-ateísmo.
A la gente que vive del negocio de la religión, le interesa que la gente sea estúpida, ignorante y sepan lo mínimo posible de ciencia, porque las personas en cuanto tienen dos dedos de frente, no creen en seres mitológicos.
Si unos Dioses y libros sagrados tienen más aceptación y creyentes que otros, no es porque sean religiones más verdaderas, es porque se han IMPUESTO más a la población. El cristianismo y el islam tienen más seguidores que el budismo, porque en nombre del cristianismo y del islam se han hecho muchas más guerras que en nombre del budismo. Si monjes con túnicas hubiesen organizado guerras santas obligando a todo el mundo a meditar bajo pena de muerte, ahora quizás viviríamos en un estado culturalmente budista y no en uno cristiano.
Afortunadamente, cada vez avanzamos más hacia un estado ateo. Entre las nuevas generaciones cada vez menos gente traga con el cuento de la religión y de Dios. La cultura y el librepensamiento hace que la religión y la superstición desaparezca. Pero eso no interesa a los predicadores, ni tampoco a los gobiernos. La religión y la política siempre se han dado la mano, porque:
4-EL CONCEPTO DE DIOS AYUDA A ESCLAVIZAR AL PUEBLO Y HACERLE SUMISO:
La religión nos vende que hay una verdad única e inalterable. La religión nos hace creer que el ser humano no es nada por sí mismo, y que la voluntad de Dios decide las vidas de las personas. La religión nos dice que está bien y que está mal. Qué podemos hacer y qué no podemos hacer. La religión nos hace ser crédulos a todo, eliminar el pensamiento crítico. La religión nos hace sumisos, dejando que otros decidan por nosotros, y nos digan qué tenemos que hacer en nuestra vida.
Los mismos intereses tiene el Estado. A los políticos les interesa tener unos ciudadanos sumisos y obedientes, que digan Amén a todas las leyes y todas las injusticias promovidas por el Estado. De esta manera los poderosos podrán seguir siéndolo, a costa de seguir engañando y sometiendo a la gente. El librepensamiento, la cultura, el tener un sentido crítico no interesa a los que mandan, cuyas leyes y órdenes quieren que se obedezcan ciegamente.
Muchas escrituras religiosas se escribieron más con el objetivo de actuar como ley del gobierno que como revelación divina. ¿Por qué los musulmanes no pueden comer cerdo? Simplemente porque cuando se escribió esa parte del Corán en la que prohiben comer dicho animal, hubo una enfermedad que afecto a los porcinos, y para que la población no enfermase comiendo su carne, pusieron en las sagradas escrituras que estaba prohibido por Alá comer carne de cerdo.
Los gobernantes siempre se han escudado en Dios para justificar sus propias órdenes y leyes. Desde los jefes de tribu, pasando por los emperadores romanos y llegando a George Bush, todos los políticos han hablado “en nombre de Dios”.
¿Por qué hay que ir a la guerra con tal país? “Dios me habló, es en nombre de Dios”. ¿Cuántas guerras de intereses puramente terrenales se han justificado en nombre de la religión? ¿Cuántos actos aberrantes se han realizado en nombre de la religión? ¿Cuántas injusticias se han aceptado en nombre de Dios?
Aún hoy en día, los gobiernos siguen respetando y aliándose con la religión organizada, porque saben que es un arma de control muy poderosa. E incluso partidos políticos llenos de miembros declarados agnósticos o incluso directamente ateos, que gobiernan en estados proclamados laicos, no se atreven a dar la puntillita necesaria para que desaparezca la religión. En la sociedad actual, tan desarrollada, evolucionada y culta, ningún político tiene cojones de decir “DIOS NO EXISTE, y vamos a cortar el grifo a todos los chupópteros que viven de las subvenciones. A partir de ahora, ninguna religión será sufragada por el Estado. Quién quiera creer en cuentos de hadas, que se lo pague él.”
No hay cojones a hacer eso. Porque a la política le interesa que siga existiendo gente tan crédula y manipulable que pueda creerse hasta los inventos de la religión.
La religión, mediante imposición, ha conseguido incluso que la gente no folle, que piense que follar es malo, que les va a llevar al infierno. ¿Cómo no se va a aliar el poder con una forma de control tan eficaz entre la población, que consigue incluso que dejen de lado la mayor fuente de placer que existe? Si un político simplemente hubiese dicho “no folléis”, todo el mundo le hubiera mandado a la mierda. Pero decían “no folléis, Dios dijo que follar es malo”, y todos los borregos se lo creyeron sin cuestionarlo, simplemente porque estaba dicho en el nombre de Dios.
Evidentemente, hoy en día, entre las nuevas generaciones estas gilipolleces que pretende imponer la religión no las cumple ni dios y se lo toman a guasa, pero cuidado:
EL ATEISMO NO IMPLICA FALTA DE VALORES Y ESPÍRITU CRÍTICO, HAY MUCHOS OTROS FALSOS DIOSES RONDANDO POR AHÍ
Hoy en día, la televisión y el dinero ejercen de Dioses entre la población, manipulando a la gente para hacer, pensar y decir lo que les interese a los gobiernos.
Lo que no sale en televisión parece que no existe. Lo que no da dinero, no interesa, y por tanto no sale en televisión.
Lo que sale en televisión, interesa, y por tanto da dinero.
Es la pescadilla que se muerde la cola, de manera que todo lo que interese a los gobiernos, aparecerá en televisión, y lo que no interese, será censurado, pero no mediante violencia o autoridad legal, si no mediante la censura económica, quizás la censura más efectiva y cruel que existe, pues condena a los que piensan diferente, los que piensan distinto a los cánones del pensamiento único impuesto por la televisión, a la pobreza y marginalidad.
En la actualidad, muchos nos hemos liberado de la esclavitud de la religión, pero no podemos relajarnos, nuestro espíritu crítico debe estar alerta frente a otros supuestos “Dioses”: la televisión y el dinero también intentan controlar nuestras vidas, tanto o más que antigüamente la religión, pero los librepensadores no nos vamos a dejar manipular.
Y me callo ya, que parezco un cura del librepensamiento, jajajaja. Animo a todos los que están en contra de las opiniones defendidas en este artículo a poner las suyas en los comentarios. Aquí no hay censura, ni imposiciones ideológicas, ni se pretende que nada de lo dicho “vaya a misa”, simplemente cada cual, que piense por sí mismo, y saque sus propias conclusiones.
Un chupasangre en mi habitación
[6-10-2006]
Un chupasangre en mi habitación por Dr.Escroto
| Un bicho vampírico se cree que la habitación de Dr.Escroto es su cueva y la quiere llenar de bwano.
Joder, para una vez que me ducho y me pasa esto. 2:00 de la madrugada. Salgo de la ducha tranquilamente en calzones y oigo un ruido raro en mi habitación, como de tas tas tas tas tas. Parecía como si alguien se estuviera pajeando en mi habitación, y no era yo. “Hostias, qué coño será eso” pienso, mientras me armo de valor para abrir la puerta. La abro ¿y qué es lo que veo? ¡Un chupasangre! ¡Un draculín! O sea, que el tas tas tas no era ruido de pajas, sino aleteos. El bicho vampírico vuela por toda la habitación, haciendo círculos. De vez en cuando se me acerca aleteando y haciendo “uiiiiiiii” así que me acojoné y salí de la habitación. |

| “A ver, estrategia a seguir: hay que expulsar al ente demoníaco pero ya. Primero hay que cubrirse el cuello, no sea que el bicho me muerda y me pegue algo, un tifus. Luego hay que buscar un arma y atizarle en dirección a la ventana para que sepa el camino a seguir, y que no vuelva.”
Vuelvo a entrar con dos cojones y en un rápido movimiento cierro la puerta y me agacho en una esquina, fuera del radio de ataque del chupasangre. Estudio sus movimientos: básicamente vuelos circulares, aunque de vez en cuando se le vaya el radar ultrasónico ese que lleva y haga algún movimiento anormal en su trayectoria de vuelo. Así que en el momento en que el vampiro de Jhon Carpenter pasa justo por encima de mi cabeza me lanzo a coger una bata de la silla de la ropa acumulada y vuelvo a mi base, justo a tiempo de que el Nosferatu no me ataque con sus garras afiladas y sus colmillos envenenados. Me pongo la bata (las lectoras ya pueden dejar de hacerse dedos pensando en mi efigie en calzones) y busco con la mirada un posible arma por la habitación. A ver…crucifijos no hay, ajos tampoco, estacas ni una…¡coño! ¡si hay una camiseta! Me vino un flashback del campamento aquel en que jugábamos a darnos hostias con camisetas enrrolladas y me acordé de cuanto picaba, así que decidí que ese iba a ser el arma a usar contra el vampiro maligno. Con una mochila en una mano a modo de escudo y la camiseta enrollada en la otra a modo de espada, caneo a la rata voladora en dirección a la ventana, pero la hijaputa no quiere salir. |

| Pruebo a apagar la luz. Ya sé que los murciélagos son ciegos y que se mueven mediante radar de infrasonidos, pero era un experimento, ya que a lo mejor estaba en la habitación por el calor de la lámpara o algo.
A oscuras, oigo al hijo de Batman revolotear. Y el cabrón sigue sin marcharse. Como no veía nada, no le podía atizar y estaba acojonado, pues el bicho es ciego pero al menos tiene el, pero yo no. Estaba en inferioridad estratégica y me podía morder la yugular en cualquier momento, así que decido volver a encender la luz y seguirle atizando. Después de unos cuantos mandobles, el enemigo volador parece que se cansa y va y se pone en una esquina del techo colgado, con las alas tapándose y se pone a dormir el cabrón. Se creía que mi habitación era su cueva o algo así. Yo estaba preocupado, porque el bicho se podía giñar en cualquier momento y llenarme el suelo de bwano. No estaba a las 2 de la mañana como para ponerme a limpiar mierda de rata voladora, así que expulsar al bicho era prioridad, no le podía dar tiempo a echarse la siesta. Así que me acerco sigiloso y le atizo un camisetazo que le dejo grogui en el suelo. “Esta es la mía” pienso. Así que cojo un calzón sucio que estaba por el suelo y se lo tiro encima al bicho. Envuelto en los gayumbos, me dispongo a tirar al Drácula K.O. por la ventana, pero antes (ay amigos, la curiosidad mató al gato) abro el calzón para ver si esta solo mareado o la ha palmao. |




Y el bicho se me lanza a la cara. Menudo susto me pegó el cabrón y qué repelús me dió. Tras darme el susto, el jodío sigue volando por la habitación en círculos y haciendo “uiiiiiiiiii”.
Repetí la operación unas cuantas veces: el bicho se cansa-se cuelga-le atizo-el bicho K.O. en el suelo-me acerco-el bicho resucita-se pone a volar.

Ya llevaba una media hora luchando contra el engendro de satanás, así que decidí ponerme serio, agarrar la cámara de video y terminar lo empezado, en una cruenta lucha para expulsar al maligno ser de mi habitación, antes de que se giñara.
Aquí tenéis el final de la historia, un documental digno de Natioanal Giligraphic:
NOTA: En youtube censuraron el video. Quizás ayudó que lo pusiera en la sección “Animales y mascotas”.
Corto cortando, un relato del Langas
[19-10-2005]
Corto cortando un relato de Langas

Lo primero que mi amigo Dani se cortó fue el dedo meñique de su pie derecho. Usó para ello un cuchillo de cortar jamón, el cual, si bien cumplió su función de forma satisfactoria, más tarde se le reveló inadecuado para tales menesteres y en adelante utilizaría un bisturí siempre que el cuerpo le pidiera una automutilación (o más bien deberíamos decir el alma -o la mente, que no es mi intención predisponer al lector a una confianza forzosa en la existencia de la primera, asunto dejado al albedrío de sus propias creencias espirituales- pues ningún cuerpo en sus cabales solicitaría su propia sangrienta y paulatina extinción, o al menos no con tanto ímpetu y asiduidad como en este caso).
Era un tipo majo, el Dani. Un joven simpático y dicharachero, aficionado a la música, al ajedrez y a cortarse partes de su cuerpo. Educado, amable y amigo de sus amigos. No muy popular entre las mujeres (debido, lógicamente, a su ya mencionada afición al ajedrez), pero con una rica vida interior que solía asomar al exterior al menos dos veces al día; hablo, claro está, de un tiempo anterior a que se cercenara toda posibilidad de placer solitario o compartido, y más anterior aún a la memorable fecha en la que, tras no poco esfuerzo y sangre derramada, lograra librarse de gran parte de su brazo derecho, que, en todo caso, por falta de objeto, ya no era útil para tal fin, y al cual, en aras de conservar dignamente el orden del relato, me referiré más adelante.
Nada más fácil, observará ya a estas tempranas alturas el lector astuto, que el recordar con claridad el orden cronológico de los acontecimientos en esta narración, ya que, en un juicio extremadamente simplista, se reduce a una cuenta atrás, partiendo de un cuerpo entero y sano tal y como lo conocemos, hacia un final que, en el tiempo en que las secuelas de la nueva afición de Dani apenas se apreciaban a simple vista, se presumía incierto. No obstante los que vivían ignorantes de su nuevo modo de vida pronto se enterarían, ya que lo siguiente en caer (o más bien en desprenderse) fue la mano izquierda. Un acto irreflexivo y precipitado, fruto del lógico entusiasmo inicial, que el propio Dani lamentaría más adelante cuando dicha tara le impidiera acceder a otros rincones de su anatomía con más facilidad. En cualquier caso, de todo error el sabio aprende, y a raíz de éste nuestro amigo tomó la determinación de llevar un riguroso orden de amputaciones de cara a una correcta administración de sus recursos. “Porque lo que te cortas, se va para siempre”, solía decir. Este desliz, en concreto, no sólo planteaba obstáculos a un hipotético plan de desvanecimiento corporal a largo plazo, sino que convirtió la afición de Dani en algo notorio y visible para sus vecinos, cosa que molestaba sobremanera a sus padres, los cuales, sin embargo, transigieron, confiando en que algún médico o similar encontraría un remedio a la nociva costumbre de su hijo. Apenas se había puesto en marcha la búsqueda de dicho milagroso doctor o hechicero (la cual el astuto lector ya habrá supuesto más enrevesada que una cotidiana excursión dominguera para comprar churros y el Marca), cuando encontraron a Dani sentado, sonriente, sobre un pegajoso charco de sangre en su habitación, jugueteando divertido con lo que parecía ser su oreja (no recuerdo si la derecha o la izquierda, confío que sabréis perdonar mi mala memoria). El caso es que Dani acabó viviendo con su gato en un piso de alquiler, pagado por sus padres ante su firme negativa a ingresar en un hospital psiquiátrico; mejor eso que vivir bajo el mismo techo que un par de intransigentes que no comprendían la belleza de lo que hacía.
No sólo sufrió nuestro héroe el repudio paterno, sino también un severo revés en su vida social; muchos de sus amigos empezaron a rehuirle, su familia al pleno se cambió el apellido y, de haber tenido novia, seguramente le habría abandonado. Por suerte, Dani no tenía novia ni la tendría. A todo esto, tampoco tenía piernas: le llevó meses dejarlas a su gusto, empezó eliminando los molestos pies, y luego fue tratando de dejarlas perfectamente igualadas, a la altura de las rodillas más o menos. Pero cualquiera que haya intentado dejarse las patillas perfectamente simétricas adivinará lo que pasó: para cuando estuvo satisfecho con la absoluta armonía ente sus miembros inferiores, ya casi no había miembros propiamente dichos: apenas se extendían un palmo por debajo de su cintura. Eso sí, había pasado un par de meses de lo más entretenidos.
A todo esto, creo que habrá que instruir al lector más indocto en el modus operandi del amiguete Daniel: por supuesto que estos reajustes corporales no se producían de la noche a la mañana, como el estilo vivaz y dinámico de este humilde narrador podría hacerles suponer. Todo lo contrario, cada pequeño corte traía consigo un período obligatorio de cura para prevenir infecciones, que comprendía, a saber: limpieza, torniquete, extracción de sangre coagulada, reposo, otra vez limpieza, y vuelta a empezar. Un cuerpo que se desmiembra es como una planta que crece: exige cuidados, cariño y paciencia. Y a Dani le encantaba pasar las horas muertas autocultivándose.
Volviendo al hilo del relato, la ausencia de sus piernas, pese a llenarle de paz espiritual, le provocó no pocos problemas de movilidad, y acabó por no salir de casa y alimentarse de pizzas a domicilio; era ciertamente un modo de vida sedentario y nada sano, pero siempre se las arregló para mantener la línea: con un poco de trabajo de bisturí, los michelines desaparecían por arte de magia. Luego se los echaba de comer al gato, que sí que acabó poniéndose orondo. Durante un tiempo tuvo una asistenta que le hacía la limpieza casera dos veces a la semana, pero se despidió un día que entró en la habitación de Dani sin llamar y le encontró examinando lo que parecía ser su propia nariz, mientras un torrente de sangre oscura brotaba a borbotones de su cara. Para cuando pudo decir “Maruja, ¿puedes pasarme otro paquete de algodón, que esta hemorragia no se corta?” la señora ya había salido despavorida para no volver, y a punto estuvo Dani de morir desangrado.
Desde entonces la higiene de su casa dejó bastante que desear, y de los cuatro amigos que seguían visitándole ya sólo quedé yo, de modo que aprovechaba mis visitas para ponerle un poco de orden en la casa; qué menos, encima de que él me invitaba a pizza… Solíamos pasar buenos ratos jugando al ajedrez y hablando de cualquier cosa. En la última de estas visitas, al entrar me encontré a Dani postrado en el sofá, ya sin extremidades (creedme, la odisea de cortarse el brazo derecho merecería ser el tema de un relato propio, pero ya os lo contaré otro día), y con el torso reducido a la mínima expresión, casi desprovisto de piel y con los intestinos asomando, colgantes, por la parte inferior. Una visión ante la que un espectador no prevenido se habría aterrorizado, pero yo ya estaba curado de espantos en este asunto; le comenté que no sabía que los intestinos tuvieran ese color a la luz del día, me senté a su vera y comenzamos una charla acerca de, cómo no, miembros amputados, cortes en la carne, sangre, torniquetes, Betadyne, vendas, las mejores marcas de bisturís del mercado. Dani, como cualquier persona con una afición fuertemente arraigada, tenía la molesta, aunque involuntaria, costumbre de dirigir sus conversaciones hacia ese tema, a menudo hastiando al oyente. No era ese mi caso, habiendo sido en todo momento firme defensor de su derecho a remodelar su cuerpo a su voluntad (aunque dicha remodelación siempre fuera a la baja), de modo que escuché con sincero interés su relato de cómo ciertas partes de la cabeza, incluso el cráneo, podían retirarse sin prejuicios graves para la supervivencia. Me explicó que se podía cortar en vivo un alto porcentaje de masa encefálica sin ni siquiera precisar anestesia (a la cual él, en todo caso, nunca había recurrido). Fascinado, me ofrecí voluntario para cortarle allí donde él me indicara, pero él lo rechazó amablemente: “Cualquiera puede cortar a otro; la belleza reside en hacerlo uno mismo”. Me disculpé por mi atrevimiento y por dudar de su propia capacidad de corte y despiece (la cual a estas alturas no debería plantear ninguna duda); él le quitó importancia y pasamos un rato agradable hablando de los chismes del barrio, de mi nuevo trabajo como lanzador de pollos con cañón para una importante empresa aeronáutica, y de las novedades musicales, que Dani y yo coincidíamos en catalogar como basura sin talento, los 60, eso sí era música (como muchos contemporáneos nuestros, tendíamos a olvidar el hecho de que no habíamos nacido en los 60, y por tanto no había llegado a nuestros oídos la apabullante montaña de morralla musical que se creó y se olvidó en aquella misma década, igual que nuestros descendientes alabarían la música de los 90 en su feliz ignorancia de la existencia de Laura Pausini). Jugamos una partidita de ajedrez, y, cosa rara, le gané. Creo que tenía la cabeza en otra cosa. Me despedí de él con un abrazo, que Dani intentó sin éxito corresponder con sus muñones; ya estaba en el umbral de la puerta cuando me preguntó:
- Oye, antes de irte…
- ¿Si?
- ¿Podrías hacerme un favor?
- Claro, hombre.
- Es sobre lo que te contaba antes del cráneo, y la masa encefálica, y eso…
- Sí, hombre, pídeme lo que quieras.
- Bueno… ¿te importaría esterilizar un bisturí y ponérmelo en la boca?
Claro que sí, Dani. Siempre recodaré su carita de felicidad cuando le coloqué el afilado instrumento quirúrgico entre los dientes; se le veía más contento… Me despedí de él con la mano desde la puerta, gesto que él no correspondió, se le habría podido caer el bisturí. Esa fue la última vez que le vi, intentando rebanarse trozos de cabeza con rápidos movimientos de mandíbula, y aún hoy, tantos años después, le recuerdo con cariño y un poco de envidia: ojalá todos tuviéramos las agallas de vivir y morir haciendo lo que más nos gusta.
El círculo
[23-6-2005]

La primera y última vez que La Puta cogió en brazos a su hijo, fue cuando levantó su cuerpecito en vilo para tirarlo al contenedor de basura.
Si el destino les hubiera sonreído a ambos, El Hijo De Puta jamás habría salido de aquella húmeda y oscura cuna; pero una vecina entrometida que oyó su llanto le encontró y le llevó a su casa. Si hubiera sabido el putrefacto destino que aguardaba a aquel feto mal parido, probablemente le hubiera dejado rebozándose entre los desperdicios hasta la inanición, muerte plácida y no exenta de cierta dignidad. En lugar de ello, se lo entregó a la policía, anda que se lo iba a quedar ella, seguro que lo había abandonado una de esas rumanas de mierda que afeaban el barrio.
Primero fue al orfanato de Tres Cruces, donde aprendió las destrezas del robo y el engaño, y, aprovechando las grandes prestaciones académicas del confinamiento forzoso, hizo un máster en recibir palizas injustificadas, y otro en pajearse en los lavabos; fue adoptado por los López, una pareja modélica. El señor López era un tipo pintoresco: le gustaba sodomizar su (todavía) estrecho ano mientras escuchaba su sinfonía favorita; la señora, en cambio, era más discreta, y se quedaba en la cocina preparando la cena, mientras oía retumbar en la habitación contigua los alaridos del niño, que su gran imaginación convertía en ruidos de la caldera. Nunca podrá decirse que sabía (conscientemente) lo que ocurría bajo su techo, pero eso no le importó al Hijo De Puta cuando volvió a visitarlos años más tarde.
Mientras El Hijo De Puta crecía, La Puta aprendía de sus errores: era su segundo embarazo, el primero que llevaba hasta el final. No podía permitirse el lujo de otro, le restaba al menos dos meses de trabajo; serían más si no fuera por los clientes a los que les daba morbo la barriga, pero eran los menos, la mayoría si querían follarse a una embarazada no tenían más que volver a casa junto a su santa esposa. Por esa razón, decidió centrar su carrera en un único aspecto: comer pollas. Siempre se le había dado bien, y no entrañaba riesgos (eso creía ella en su santo analfabetismo). Volvió a su esquina habitual, pero limitó su oferta de servicios a las felaciones, o, como las llamaba ella, “¿quieres un repaso de bajos, hombretón?”.
El Hijo De Puta escapó de la casa de los López a los doce años, por aquel entonces ya podía hacer ventosa con su ojete en cualquier superficie plana. Conoció a unos chavales y se fue a pasarlo guay con ellos, joder, qué fácil es robar un coche, qué bien me lo paso, más rápido, más rápido, trae que conduzco yo, uy, de dónde ha salido esa vieja, y derechito al reformatorio, donde su ojal rememoró experiencias que ya tenía olvidadas, y no sólo por parte de los ridículos mangos de sus congéneres, sino también de ciertos vigilantes nocturnos que hacían que el recuerdo de la polla de su padre adoptivo le pareciera un viaje a Disneylandia. Nueve meses después de salir fue encerrado de nuevo por violar a una niña de trece años, tras reventarle la cabeza con una piedra; no le dio tiempo a correrse, pero disfrutó como nunca.
Para entonces, La Puta ya había pillado el SIDA, y se dedicaba a esparcirlo alegremente cual confeti en carnavales. También dio con sus huesos en el trullo unos meses, por morderle la polla a un cliente que encontraba excitante que se la chupara mientras la daba de collejas, y la obligaba a tararear mientras tanto la cancioncilla de “El puente sobre el río Kwai”, lo cual ella ejecutaba con notable habilidad, teniendo en cuenta que tenía un cipote alojado en la traquea. La gota que colmó el vaso fue cuando el interfecto, en el momento de eyacular, se tiró un cuesco espeso y oloroso que se le pegó a la pobre a la pobre a la cara durante una semana. Ahí decidió tomarse la justicia por su mano, o mejor por sus dientes, con tan mala suerte que el tipo resultó ser juez, y ya lo dice el refrán: “Qué mal genio tienen los jueces con un mordisco en la polla”. La Puta aceptó la condena resignada, al fin y al cabo ese señor sabía mucho más de Justicia que ella. Durante esos meses en los que no cató varón, la visitaba una niñata pija y estirada (no se qué ostias de asistente social) a convencerla de que cambiara de estilo de vida. ¿Pero qué cojones sabía ella de la vida? Seguro que sus papás la habían mimado mucho y nunca había engullido un miserable rabo. La Puta aguantaba estoicamente la charla de aquella insensata, mientras pensaba en salir, en el barrio, en las compañeras, y, a qué negarlo, en los miembros peludos y sin lavar que tendría que tragarse si no quería que su chulo la rajara en una esquina. En una de esas, el recuerdo de la textura y sabor de aquellos glandes anónimos se le hizo tan palpable, que la atacó una arcada y vomitó encima del traje de marca de la señorita. Mientras ésta se recuperaba de la impresión y huía indignada, La Puta se descojonaba como no lo había hecho en años, hasta que llegaron las carceleras y le cortaron la carcajada por la mitad a base de porrazos. Pero mereció la pena: no volvió ninguna asistente social a darle la brasa.
El Hijo de Puta salió del reformatorio antes de cumplir los dieciocho, pobre, si es que no era más que un crío, ¿cómo va a saber un chaval menor de edad que está mal golpear a una niña con una piedra en la cabeza hasta dejarla paralítica, cegado por sus hormonas alteradas por la infame revolución sexual que nos rodea?, alegó su abogado, y el juez le dio la razón. A los veinte cometió su primer asesinato. Cuando cumplió veinticuatro, ya podía recitar de memoria la lista de prisiones españolas, a las que añadía mentalmente un “sile”, o “nole”, cada vez le quedaban menos. Sus pasos por ellas solían ser fugaces, a fin de cuentas sólo era un chaval algo travieso pero en el fondo buen chico, que se divertía dando palizas a mendigos, robando en tiendas (a ser posible, con dependientas macizas a las que sodomizar) y trapicheando con una mezcla de talco y matarratas que los guiris le compraban compulsivamente, para morir intoxicados horas después. La Santa Administración debía preocuparse de individuos mucho más peligrosos para el bienestar social, como esos fétidos extranjeros que invaden nuestras fronteras como cucarachas con el maquiavélico plan de ganarse la vida trabajando (¡habráse visto!), o esos zarrapastrosos que se atreven a emborracharse en la calle, ¡como si la calle fuera de todos! Así las cosas, nuestro querido Hijo De Puta entraba y salía del sistema penitenciario sin más rehabilitación que una palmadita en la espalda y un “Y ahora a portarse bien, ¿eh?”, y con unas ganas locas de golpear a algún negrata hasta matarlo, o al menos dejarlo tullido.
Aquella noche de Diciembre La Puta tuvo un duro día: una fiesta de señores importantes, con corbata nada menos. Trece señoritas. Ella era la más veterana, y la escogieron precisamente por eso: la chupaba como nadie. Les ponía la polla a punto antes de que la hundieran en esos chochitos juveniles y rasurados. Ella no podía evitar sonreír, pensando: “así empecé yo…”, aunque lo de depilarse siempre le había parecido una mariconada, antes a los hombres les gustaban las cloacas peludas y bien cargaditas de ladillas. Hacia las ocho de la mañana, ya tenía la garganta atrofiada de felar tantos rabos, y la lengua dormida de tanto semen como había tragado; le tiraron unos billetes con desprecio los mismos que minutos antes la llamaban “reina” y salió de la casa borracha, drogada, con náuseas y tambaleándose. Suerte que tenía coche: se lo había prestado su chulo, así podría volver a su casa, a que la violara una vez más antes de irse a la cama.
El Hijo De Puta venía de saquear el escaparate de una tienda con el sistema del “alunizaje”. La alarma comenzó a sonar, y el coche se había quedado empotrado y no salía. Necesitaba un medio de transporte. Corrió por las calles oscuras y frías, aferrando una bolsa con el escaso botín por debajo de la chaqueta. Al doblar una esquina, vio un coche detenido, con el motor en marcha, en medio de la calle. Extrañado ante tanta buena suerte, se acercó en silencio: una vieja zorra borracha se inclinaba por fuera de la ventanilla del conductor para vomitar. Corrió hasta el coche y se sentó en el asiento del copiloto justo antes de que ella acabara de regurgitar toda la lefa que le corroía el estómago. Al volver a sentarse, miró por unos segundos con extrañeza al joven delgado y cubierto de cicatrices sentado junto a ella, dudando de si ya estaba allí antes. Él interrumpió sus razonamientos sacando un revólver del bolsillo de la chaqueta y ordenándola que arrancase. Se agachó para no ser visto, y sin dejar de apuntarla, abandonaron el lugar. Ella conducía sorprendentemente bien pese a su estado: hay que ver lo que espabila echar una buena pota y que luego te apunten con una pistola a la sien. Mejor que el perico colombiano.
No cruzaron palabra durante el viaje. El Hijo De Puta, ya incorporado una vez pasado el peligro, señalaba con el dedo las salidas adecuadas, ajeno a La vieja Puta alcohólica que conducía. Por fin, le hizo señas de que parase. Su casa estaba cerca. Una vez detenido el coche, pensó en agradecerle el paseo con un tiro en la boca. Ya iba a apretar el gatillo, cuando vio que La Puta lloraba. Entonces cambió de plan. Se bajó los pantalones y los calzoncillos, la cogió de la cabeza y la guió hasta la zona que ella mejor conocía; allí fue donde su angustia se desvaneció: con la habilidad de tantos años, engulló el falo del Hijo De Puta hasta la tráquea, notó cómo éste crecía en su interior y le aplicó un severo masaje genital que el bueno del Hijo de Puta, que creía que sabía mucho de mujeres, no resistió más de dos minutos. Cuando sintió que se iba, calló con una sonrisa maliciosa, y, sobreponiéndose al éxtasis, bajó la mirada para ver cómo se llenaba de semen la boca de su madre, cómo su sucia garganta se atascaba con sus fluidos.
La Puta tosió un par de veces; quiso morir. Él sonrió. Recogió el botín, se bajó del coche y empezó a andar hacia su casa, regocijándose por el excelente tratamiento recibido. Entonces echó algo de menos. ¿El qué? De pronto una intuición lo golpeó. “La pistola; ¿qué cojones he hecho con la pistola?”. Se giró y vio a La Puta que, desde la puerta abierta del coche, le apuntaba temblorosa con su propia arma. Se maldijo por su estupidez, la había dejado en el salpicadero durante el “servicio”, y, flotando en una nube de testosterona, había olvidado recogerla al salir. Ahora esa zorra lo estaba apuntando, con los ojos inyectados en sangre y lágrimas, y gotas de leche colgando aún de los labios. Cerró los ojos. Esperó unos segundos interminables, pero como nada ocurrió, volvió a abrirlos. Allí seguía ella, sentada en la misma postura, temblando de pies a cabeza, apuntándole con la misma expresión perdida en los ojos. La miró sonriendo burlón, y supo que no dispararía. Incluso ella lo sabía, aunque lo deseaba con todas sus fuerzas, pero su dedo no conseguía apretar el gatillo; por más que apretara los dientes y lo intentara, sólo consiguió quedarse clavada allí, siguiéndole con el cañón del arma mientras él se giraba de nuevo y echaba a andar sin mirar atrás. Mientras se alejaba, pensaba:
“Me he corrido en tu boca. En toda tu puta boca”.
Los mandamientos del friki
Este es un artículo escrito hace mil años, y ha sido rescatado haciendo arqueología para la ocasión:
Los Mandamientos del Friki por Dr.Escroto
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1º Se debe ir al estreno de toda película de culto friki, durmiendo varias noches frente a la taquilla para ser el primero en comprar entradas, da igual que se puedan reservar por internet. Y si vas al estreno disfrazado de algún personaje de la película, ya eres un super-friki. |
Unos super-frikis gays yendo de la mano al estreno de Spiderman. |
2º Hay que aplaudir al comenzar la película. Para que vean que eres un friki de los grandes, ponte de pie y aplaude más fuerte que el resto.
3º Por supuesto, hay que quedarse a ver los créditos hasta el final, no sea que haya un detalle friki al final los créditos. (Véase respiración de Darth Vader en “La amenaza fantasma”).
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4º La película hay que diseccionarla, hasta el último detalle. Y por supuesto, aprendérsela de memoria, para poder entrar en debates frikis del estilo de “¿el peinado de la princesa Leia está basado en la Dama de Elche o en una ensaimada mallorquina?”. Un tema apasionante, sin duda.
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5º Por supuesto, hay que saberse los diálogos de memoria, para decirlos a la vez que los personajes. Es fascinante la habilidad sobrehumana que tienen los fikis para aprenderse los diálogos de memoria de películas de más de 3 horas.














Qué se cuenta la vasca