“El círculo”, un relato de Langas

[publicado originalmente el 23-6-2005]

escritor por el colaborador amorfiano de pro LANGAS

La primera y última vez que La Puta cogió en brazos a su hijo, fue cuando levantó su cuerpecito en vilo para tirarlo al contenedor de basura.

Si el destino les hubiera sonreído a ambos, El Hijo De Puta jamás habría salido de aquella húmeda y oscura cuna; pero una vecina entrometida que oyó su llanto le encontró y le llevó a su casa. Si hubiera sabido el putrefacto destino que aguardaba a aquel feto mal parido, probablemente le hubiera dejado rebozándose entre los desperdicios hasta la inanición, muerte plácida y no exenta de cierta dignidad. En lugar de ello, se lo entregó a la policía, anda que se lo iba a quedar ella, seguro que lo había abandonado una de esas rumanas de mierda que afeaban el barrio.

Primero fue al orfanato de Tres Cruces, donde aprendió las destrezas del robo y el engaño, y, aprovechando las grandes prestaciones académicas del confinamiento forzoso, hizo un máster en recibir palizas injustificadas, y otro en pajearse en los lavabos; fue adoptado por los López, una pareja modélica. El señor López era un tipo pintoresco: le gustaba sodomizar su (todavía) estrecho ano mientras escuchaba su sinfonía favorita; la señora, en cambio, era más discreta, y se quedaba en la cocina preparando la cena, mientras oía retumbar en la habitación contigua los alaridos del niño, que su gran imaginación convertía en ruidos de la caldera. Nunca podrá decirse que sabía (conscientemente) lo que ocurría bajo su techo, pero eso no le importó al Hijo De Puta cuando volvió a visitarlos años más tarde.

Mientras El Hijo De Puta crecía, La Puta aprendía de sus errores: era su segundo embarazo, el primero que llevaba hasta el final. No podía permitirse el lujo de otro, le restaba al menos dos meses de trabajo; serían más si no fuera por los clientes a los que les daba morbo la barriga, pero eran los menos, la mayoría si querían follarse a una embarazada no tenían más que volver a casa junto a su santa esposa. Por esa razón, decidió centrar su carrera en un único aspecto: comer pollas. Siempre se le había dado bien, y no entrañaba riesgos (eso creía ella en su santo analfabetismo). Volvió a su esquina habitual, pero limitó su oferta de servicios a las felaciones, o, como las llamaba ella, “¿quieres un repaso de bajos, hombretón?”.

El Hijo De Puta escapó de la casa de los López a los doce años, por aquel entonces ya podía hacer ventosa con su ojete en cualquier superficie plana. Conoció a unos chavales y se fue a pasarlo guay con ellos, joder, qué fácil es robar un coche, qué bien me lo paso, más rápido, más rápido, trae que conduzco yo, uy, de dónde ha salido esa vieja, y derechito al reformatorio, donde su ojal rememoró experiencias que ya tenía olvidadas, y no sólo por parte de los ridículos mangos de sus congéneres, sino también de ciertos vigilantes nocturnos que hacían que el recuerdo de la polla de su padre adoptivo le pareciera un viaje a Disneylandia. Nueve meses después de salir fue encerrado de nuevo por violar a una niña de trece años, tras reventarle la cabeza con una piedra; no le dio tiempo a correrse, pero disfrutó como nunca.

Para entonces, La Puta ya había pillado el SIDA, y se dedicaba a esparcirlo alegremente cual confeti en carnavales. También dio con sus huesos en el trullo unos meses, por morderle la polla a un cliente que encontraba excitante que se la chupara mientras la daba de collejas, y la obligaba a tararear mientras tanto la cancioncilla de “El puente sobre el río Kwai”, lo cual ella ejecutaba con notable habilidad, teniendo en cuenta que tenía un cipote alojado en la traquea. La gota que colmó el vaso fue cuando el interfecto, en el momento de eyacular, se tiró un cuesco espeso y oloroso que se le pegó a la pobre a la pobre a la cara durante una semana. Ahí decidió tomarse la justicia por su mano, o mejor por sus dientes, con tan mala suerte que el tipo resultó ser juez, y ya lo dice el refrán: “Qué mal genio tienen los jueces con un mordisco en la polla”. La Puta aceptó la condena resignada, al fin y al cabo ese señor sabía mucho más de Justicia que ella. Durante esos meses en los que no cató varón, la visitaba una niñata pija y estirada (no se qué ostias de asistente social) a convencerla de que cambiara de estilo de vida. ¿Pero qué cojones sabía ella de la vida? Seguro que sus papás la habían mimado mucho y nunca había engullido un miserable rabo. La Puta aguantaba estoicamente la charla de aquella insensata, mientras pensaba en salir, en el barrio, en las compañeras, y, a qué negarlo, en los miembros peludos y sin lavar que tendría que tragarse si no quería que su chulo la rajara en una esquina. En una de esas, el recuerdo de la textura y sabor de aquellos glandes anónimos se le hizo tan palpable, que la atacó una arcada y vomitó encima del traje de marca de la señorita. Mientras ésta se recuperaba de la impresión y huía indignada, La Puta se descojonaba como no lo había hecho en años, hasta que llegaron las carceleras y le cortaron la carcajada por la mitad a base de porrazos. Pero mereció la pena: no volvió ninguna asistente social a darle la brasa.

El Hijo de Puta salió del reformatorio antes de cumplir los dieciocho, pobre, si es que no era más que un crío, ¿cómo va a saber un chaval menor de edad que está mal golpear a una niña con una piedra en la cabeza hasta dejarla paralítica, cegado por sus hormonas alteradas por la infame revolución sexual que nos rodea?, alegó su abogado, y el juez le dio la razón. A los veinte cometió su primer asesinato. Cuando cumplió veinticuatro, ya podía recitar de memoria la lista de prisiones españolas, a las que añadía mentalmente un “sile”, o “nole”, cada vez le quedaban menos. Sus pasos por ellas solían ser fugaces, a fin de cuentas sólo era un chaval algo travieso pero en el fondo buen chico, que se divertía dando palizas a mendigos, robando en tiendas (a ser posible, con dependientas macizas a las que sodomizar) y trapicheando con una mezcla de talco y matarratas que los guiris le compraban compulsivamente, para morir intoxicados horas después. La Santa Administración debía preocuparse de individuos mucho más peligrosos para el bienestar social, como esos fétidos extranjeros que invaden nuestras fronteras como cucarachas con el maquiavélico plan de ganarse la vida trabajando (¡habráse visto!), o esos zarrapastrosos que se atreven a emborracharse en la calle, ¡como si la calle fuera de todos! Así las cosas, nuestro querido Hijo De Puta entraba y salía del sistema penitenciario sin más rehabilitación que una palmadita en la espalda y un “Y ahora a portarse bien, ¿eh?”, y con unas ganas locas de golpear a algún negrata hasta matarlo, o al menos dejarlo tullido.

Aquella noche de Diciembre La Puta tuvo un duro día: una fiesta de señores importantes, con corbata nada menos. Trece señoritas. Ella era la más veterana, y la escogieron precisamente por eso: la chupaba como nadie. Les ponía la polla a punto antes de que la hundieran en esos chochitos juveniles y rasurados. Ella no podía evitar sonreír, pensando: “así empecé yo…”, aunque lo de depilarse siempre le había parecido una mariconada, antes a los hombres les gustaban las cloacas peludas y bien cargaditas de ladillas. Hacia las ocho de la mañana, ya tenía la garganta atrofiada de felar tantos rabos, y la lengua dormida de tanto semen como había tragado; le tiraron unos billetes con desprecio los mismos que minutos antes la llamaban “reina” y salió de la casa borracha, drogada, con náuseas y tambaleándose. Suerte que tenía coche: se lo había prestado su chulo, así podría volver a su casa, a que la violara una vez más antes de irse a la cama.

El Hijo De Puta venía de saquear el escaparate de una tienda con el sistema del “alunizaje”. La alarma comenzó a sonar, y el coche se había quedado empotrado y no salía. Necesitaba un medio de transporte. Corrió por las calles oscuras y frías, aferrando una bolsa con el escaso botín por debajo de la chaqueta. Al doblar una esquina, vio un coche detenido, con el motor en marcha, en medio de la calle. Extrañado ante tanta buena suerte, se acercó en silencio: una vieja zorra borracha se inclinaba por fuera de la ventanilla del conductor para vomitar. Corrió hasta el coche y se sentó en el asiento del copiloto justo antes de que ella acabara de regurgitar toda la lefa que le corroía el estómago. Al volver a sentarse, miró por unos segundos con extrañeza al joven delgado y cubierto de cicatrices sentado junto a ella, dudando de si ya estaba allí antes. Él interrumpió sus razonamientos sacando un revólver del bolsillo de la chaqueta y ordenándola que arrancase. Se agachó para no ser visto, y sin dejar de apuntarla, abandonaron el lugar. Ella conducía sorprendentemente bien pese a su estado: hay que ver lo que espabila echar una buena pota y que luego te apunten con una pistola a la sien. Mejor que el perico colombiano.

No cruzaron palabra durante el viaje. El Hijo De Puta, ya incorporado una vez pasado el peligro, señalaba con el dedo las salidas adecuadas, ajeno a La vieja Puta alcohólica que conducía. Por fin, le hizo señas de que parase. Su casa estaba cerca. Una vez detenido el coche, pensó en agradecerle el paseo con un tiro en la boca. Ya iba a apretar el gatillo, cuando vio que La Puta lloraba. Entonces cambió de plan. Se bajó los pantalones y los calzoncillos, la cogió de la cabeza y la guió hasta la zona que ella mejor conocía; allí fue donde su angustia se desvaneció: con la habilidad de tantos años, engulló el falo del Hijo De Puta hasta la tráquea, notó cómo éste crecía en su interior y le aplicó un severo masaje genital que el bueno del Hijo de Puta, que creía que sabía mucho de mujeres, no resistió más de dos minutos. Cuando sintió que se iba, calló con una sonrisa maliciosa, y, sobreponiéndose al éxtasis, bajó la mirada para ver cómo se llenaba de semen la boca de su madre, cómo su sucia garganta se atascaba con sus fluidos.

La Puta tosió un par de veces; quiso morir. Él sonrió. Recogió el botín, se bajó del coche y empezó a andar hacia su casa, regocijándose por el excelente tratamiento recibido. Entonces echó algo de menos. ¿El qué? De pronto una intuición lo golpeó. “La pistola; ¿qué cojones he hecho con la pistola?”. Se giró y vio a La Puta que, desde la puerta abierta del coche, le apuntaba temblorosa con su propia arma. Se maldijo por su estupidez, la había dejado en el salpicadero durante el “servicio”, y, flotando en una nube de testosterona, había olvidado recogerla al salir. Ahora esa zorra lo estaba apuntando, con los ojos inyectados en sangre y lágrimas, y gotas de leche colgando aún de los labios. Cerró los ojos. Esperó unos segundos interminables, pero como nada ocurrió, volvió a abrirlos. Allí seguía ella, sentada en la misma postura, temblando de pies a cabeza, apuntándole con la misma expresión perdida en los ojos. La miró sonriendo burlón, y supo que no dispararía. Incluso ella lo sabía, aunque lo deseaba con todas sus fuerzas, pero su dedo no conseguía apretar el gatillo; por más que apretara los dientes y lo intentara, sólo consiguió quedarse clavada allí, siguiéndole con el cañón del arma mientras él se giraba de nuevo y echaba a andar sin mirar atrás. Mientras se alejaba, pensaba:

“Me he corrido en tu boca. En toda tu puta boca”.

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